martes, 5 de agosto de 2014

La caza.


            Rogelio se despereza y achica los ojos ante la luz inquisitorial de la ventana. Todo le huele a antes. Las paredes de tapial, las brasas aún candentes en la hoguera moribunda, el aroma dulzón y vetusto del tejado de cañas... Se levanta de la cama y observa a su alrededor. Aquella casucha en medio de la sierra es la única herencia que ha recibido de su padre, muerto hace ya unos meses. Llegó anoche desde la ciudad para pasar un fin de semana en la casucha, valorar su estado, decidir qué hacer con ella y recordar las imágenes de su infancia.
Cuando aparcó el coche junto al camino, la noche anterior, sintió por un momento que era el de antes. Ahora, amodorrado aún por el sopor del sueño, ya se ha dado cuenta de que los años han pasado y que él ha cambiado, al igual que este cuartucho que se mantiene en pie por mera rutina. Ha heredado de su padre la casucha y el contenido: aperos arcaicos, cacerolas oxidadas, ropa inútil y un trozo delgado de tierra seca que circunda el habitáculo. También la escopeta de caza, adormilada sobre una vieja estantería de nogal.
Muchos cachivaches pero ningún animal que malvender o que explotar, porque Pantalones, el viejo perro de caza, no se puede considerar ganado en ningún sentido. Según los cálculos de Rogelio, el animal debe rondar los veinte años porque ya vivía en la casucha cuando él era un niño. Casi se criaron juntos en aquella infancia de sierra y lagartos, junto al padre viudo.
Rogelio acaricia el híspido lomo del perro y piensa que es casi su hermano. Juntos corrieron muchas veces por la sierra, recogiendo las piezas que cazaba su padre: perdices, conejos, liebres, algún zorro…Le pusieron Pantalones porque su cuerpo es blanco y las patas son marrones hasta el vientre.
El perro, casi ciego y casi inválido, es lo único vivo que le queda de su infancia y de la vida que llevó entre estas sierras que ahora le rodean. De alguna manera, aquellos años de vida libre, sin horarios ni ataduras, fueron lo más cercano a la felicidad. El olor de la jara mientras esperaban a que aterrizara el macho perdiz, el sabor del queso a media mañana, las conversaciones austeras, monosilábicas de su padre, la visión del cielo infinito y abrazador…el suave y magnético aroma de la libertad.
Rogelio se aproxima al estante y abre el pequeño cajón. De su interior extrae una breve caja de puros que contiene algunos cartuchos envueltos en plástico. Rogelio agarra la escopeta y siente unos irrefrenables deseos de salir de caza con su perro. Sería como volver al paraíso, oler los aromas ya perdidos, las imágenes olvidadas de la sierra salpicada de matojos bajo el cielo naranja de la mañana.
Limpia con presteza el arma e introduce dos cartuchos en los orificios, con el objeto de probarla antes de salir al campo.
Desde el hueco de la puerta puede divisar la copa de las encinas y, sobre ellas, dos rabilargos posados. Rogelio se coloca el viejo zurrón de su padre sobre la espalda y, en ese instante, el perro comienza a mover el rabo y a mostrarse exaltado. Sin duda reconoce en la figura de Rogelio la estampa del cazador, armado, portando el zurrón que huele aún a sangre seca de lepóridos.
Tras apuntar hacia el árbol, Rogelio recibe los empellones del arma contra su hombro y las detonaciones desgajan el silencio verdiquieto de la dehesa. El perro ladra entonces con un chillido exuberante, como si hubiese recobrado la energía de los últimos lustros y el joven se siente reconfortado, ante aquel olor a pólvora quemada. Aquel olor tan antiguo y tan cercano.
Se adentra en el campo, acompañado de Pantalones, y recorre las faldas de la sierra, los arroyuelos vagos y las alamedas.
Al regresar a la casucha, ya a la hora de comer, lleva en el zurrón dos perdices y tres zorzales. Pantalones avanza a su lado, con un caminar cansino. Su lengua cuelga jadeante, como la cabeza de un lagarto.
Después de comer un par de latas de conserva y un trozo de queso, Rogelio se tumba en el camastro y se queda profundamente dormido.
Le despiertan los histéricos chillidos de los abejarucos.
Tumbado en la cama piensa un poco en su vida, allá en la ciudad. Los días de su existencia se repiten monótonos, como las metálicas barras de una jaula. No recuerda que le haya ocurrido nada espectacular en sus últimos años.
Tras observar la imagen de la sierra desde el ventanuco y respirar el olor a coníferas, Rogelio decide probar suerte con el jabalí. Sería como saldar una deuda. Esperará al atardecer y saldrá a dar una vuelta por el monte bajo.
Una vez preparados todos los útiles necesarios, el hombre los introduce en el zurrón, recoge el arma y sale al camino que escapa desde la casucha.
Después de caminar una hora, llega a una pequeña loma cuajada de alcornoques desde la que se divisa la dehesa extendida y la fina curva del arroyo. Oscurece. Sin duda, aquel es un buen lugar para esperar la llegada de los jabalíes, que bajan a beber a la corriente cuando el sol desaparece en el horizonte.
Se oculta bajo un árbol, acomodado tras unas densas jaras, mientras el agotado perro busca un lugar para tumbarse. Finalmente, Pantalones se deja caer en una pequeña hondonada cubierta de retamas y allí se queda dormitando. Con el cuerpo adherido al tronco del árbol, rodeado por la quietud infinita del otoño, Rogelio se queda dormido. Cuando al poco rato abre de nuevo los ojos, una luna nueva luce tras oscuras nubes acobardadas como si fuese el foco de un teatro.
De pronto, comienzan a bailotear levemente los jaguarzos que se elevan junto al riachuelo. Rogelio coge el arma con mucho sigilo y coloca la culata sobre su pecho. El corazón le late en una mezcla de temor y entusiasmo. Pese a la oscuridad, se distinguen muy bien las formas de los arbustos y la silueta del prudente animal. Debe tener cuidado y acertar en el blanco porque un jabalí herido es muy peligroso. Se dispone a atacar en el momento y hay que estar cerca de un árbol para encaramarse encima si es necesario. Su tío Ernesto murió por el ataque de un jabalí malherido. Al recordar aquello, Rogelio experimenta un pasmo de terror pero también una sensación de delicioso peligro que parece darle vida.
Rogelio calcula el tiempo. En cuanto aparezca el cuerpo del jabalí disparará dos tiros y se subirá al árbol inmediatamente.
Al instante puede entrever el lomo del salvaje animal asomando entra las hermosas ramas de los jaguarzos. Es de buen tamaño. Rogelio imagina los imponentes colmillos curvos que debe portar aquella bestia. Distingue el cuerpo aunque no el cráneo. Rogelio dirige el cañón hacia la zona donde debe ubicarse la cabeza del jabalí y ejecuta dos disparos consecutivos. Un chillido seco, agudo le sobrecoge y el sonido de aquel animal al derrumbarse en el suelo retumba como un mueble.
Sin mirar el resultado, Rogelio tira la escopeta al suelo y trepa con rapidez por el árbol hasta la máxima altura posible. Allí permanece con los pies apoyados sobre el rugoso tronco.
Son unos minutos tupidos, emocionantes. Rogelio sólo tiene en su cabeza la imagen del collar que fabricará con aquellos colmillos retorcidos.
Cuando transcurre un prudente espacio de tiempo, desciende del árbol con cuidado. Su cabeza se va despejando con el frescor de la noche y nota en su interior el corazón envalentonado. Ha matado un jabalí. Algo que su padre no había logrado en su vida.
Se aproxima a los jaguarzos temblando de miedo y ansiedad. Su cuerpo entero suda y es incapaz de retener la desbocada respiración. Coge una larga rama del suelo y, con ella, aparta inseguro los arbustos para ver si el animal ya está muerto. Sólo distingue el robusto cuerpo tumbado sobre la hierba, orondo como un saco repleto de piedras.
Un feroz nudo se apodera de su garganta. Entre sus manos sólo puede sostener la ensangrentada cabeza de Pantalones, muerto. Los ojos del perro ensayan una mirada infantil, sosegada e inmóvil, como en una fotografía. Sus colmillos, desgastados por la edad, asoman bajo la boca.

En el aire reina un olor a charca seca y a calma antigua.

La caza
Premio “Vasco Díaz Tanco” de relatos. 
Fregenal de la Sierra (Badajoz). 2014